Nostalgia por el ayer

Casa campesina, pintura por Germán Cajigas.

Supongo que la mayoría de las personas recuerdan con nostalgia sus años de infancia y adolescencia, unos con más pasión que otros.  Mi sobrino Miguel Gorrión De la Montaña me ha preguntado varias veces,”Ita Amapola”: “¿Porqué mi padre y ustedes, sus hermanas, siempre se la pasan hablando de Nangó?   ¿Qué es Nangó y qué significa para ustedes?”  Ese día le contesté a mi sobrino, brevemente, que Nangó fue la finca de cultivo de caña de azúcar donde nuestros padres vivieron como obreros agregados desde su casamiento en 1937, hasta 1962, cuando nos mudamos a la zona urbana. La finca era rodeada por el Río Grande de Manatí y en ella comenzaba la carretera PR642, que al iniciar desde la carretera PR149 de Ciales, cruzaba un puente de madera que transitaban autos y caminantes.

 Recordamos con alegría y amor nuestra casita  de la infancia y adolescencia, y el hermoso lugar donde vivíamos. Parece que hemos olvidado la pobreza, privaciones, complejos de clase y tristezas de aquella época y sólo recordamos todo lo que nos hizo felices.

Vivíamos en una humilde casa de madera y zinc con un solo cuarto dormitorio, a la  que luego se le añadieron dos cuartos pequeños, uno para Pinocho Arturo Gorrión Soñador y el otro para mis dos hermanas, Canita Pinocha y Dalmathia Pinocha, y para mi. Mi padre sembró plantas ornamentales frente a la casa y frutos menores en el pequeño patio lateral y trasero. Teníamos un huerto, un gallo y gallinas, un perro y un gato.

Mi padre trabajaba en el pesebre a cargo de los caballos de los hacendados y se convirtió en el hombre de confianza de la Familia Parés Collazo. Acompañaba a los niños de los hacendados a la escuela y llevaba leche a los familiares  de ellos que residían en la zona urbana de Manatí.  A mi padre le daban un litro de leche diario para nuestra familia y, cuando alguna situación especial lo ameritaba, le daban una nota para que visitara al doctor Marchand pagado por los patronos. 

 Mi madre también nos llevaba al Hospital Municipal de Manatí cuando nos enfermábamos y llevábamos canecas limpias (botellas de vidrio donde embasaban el ron ), para que nos despacharan las medicinas. También nos llevaba a la Unidad de Salud Pública de Monte Bello y del Pueblo para seguimiento de servicios pediátricos, nos ponían vacunas y nos daban purgantes para parásitos.  Todos estos servicios eran gratuitos.

Todos los sábados mi padre, viajando en carro público, hacía una compra de alimentos en la tienda de Don Alberto Montes, cerca de la Cuesta Marín y de la Plaza de Recreo, en la que traía carne de res para guisar, Corn Flakes de Kellogs y otros comestibles, allí tenía crédito y pagaba poco a poco. En el patio teníamos plátanos, guineos, yautías, guingambós, gandúles, frijoles, habas, mazorcas de maíz, calabazas, panapenes, aguacates, papayas, ajíes picantes, ajíes dulces, cilantro, berenjenas y recao del monte, etc.  Los amigos nos regalaban corazones, guanábanas, guayabas, cocos, mameyes, cerezas, mangoes, chinas, toronjas, etc.

 Al lado del Colmado Montes estaba el Bazar de Doña Nanda, donde nos cosían trajes a la medida y los pagábamos a crédito.  En nuestro barrio las costureras Ana, Milla, Paulita, Consuelo y Tivita tambíen nos cosían vestidos muy bonitos.  Mi maestra de escuela elemental, Oriales Frau, me regalaba cortes de tela.  Blanca, la hija de José Arvelo, nos traía ropa usada de Santurce, de las casas donde ella trabajaba como sirvienta. No puedo dejar de mencionar que el maestro de matemáticas de la Intermedia, Mr. Maceira, traía paquetes de ropa del pueblo de Manatí y la repartía entre las niñas necesitadas después de salir de clases.

Comprábamos zapatos una vez al año, para ir a la escuela  y para las graduaciones, en la tienda La Gloria en la Calle McKinley, donde también estaba la Tienda Ifarraguerry a cargo de Don Antonio Frau, en la cual comprábamos cajas de pañuelos para regalar a las maestras el Día del Maestro y enaguas de nylon para algún regalo de boda.

Desde la perspectiva actual, no entiendo cómo mi madre se las arreglaba para satisfacer nuestras necesidades.  Quizás porque el paupérrimo sueldo de mi padre nunca faltó, porque en los “Tiempos de Brujas”, cuando no había corte de caña y los obreros quedaban desempleados,  mi padre continuaba con su consuetudinario trabajo en el pesebre.  Mi madre aportaba a las finanzas del hogar vendiendo botellas de café, almuerzos, tabaco y cigarrillos a los obreros y ahorraba para las necesidades, todos los años criaba un cerdito para venderlo. Mis hermanas y yo la acompañábamos a los sembrados de caña  y, a veces, teníamos que cruzar el Río Grande de Manatí en una canoa para llevar los alimentos a los obreros que trabajaban al otro lado del Río, en el sector conocido como La Freytes, a la izquierda de donde comienza el hoy conocido como “Puente Nuevo de Monte Bello”. Mi madre también trabajó en las fábricas de tabaco de Justo Lorán en el sector Veguetas y en la Fábrica de tabaco de Juan Suro y Joaquín Rosa en la zona urbana.  

Nos enorgullece contar la anécdota de que mi madre compraba un cerdito al comienzo del año en que alguno de sus hijos se graduaba, lo cuidaba y engordaba durante el año, lo vendía en fecha cercana a la graduación y así pudo comprar las sortijas de graduación de sus hijos.  

En la casa cosíamos cortinas de tela a mano para los huecos de la sala y los cuartos donde no había  puertas.  Se remendaba la ropa rota y se arreglaban los trajes usados que nos enviaban de Santurce. Yo conseguía retazos de tela de casa de las costureras y hacía trajes para mis muñecas, blusas para mí y alfombras de tiras y de “galletas de tela”. En la clase de Economía Doméstica de la escuela intermedia me enseñaron a “remendar” los huecos de la ropa, esta era una tarea que me apasionaba y mi reto era hacer un remiendo perfecto.

 En aquel tiempo nuestra familia re-usaba y se regía por el “Principio Minimalista de Vida”, no por opción, claro está, sino por necesidad. Sufrimos privaciones, complejos de inferioridad, complejos de clase,  “bullying” y miedos, pero no recuerdo haber pasado hambre.  

En mis recuerdos acompañados de sentimientos, sólo siento nostalgia amorosa por aquellos tiempos. Pienso que las canciones patrióticas y las poesías que aprendíamos en la escuela, las poesías que nuestro padre recitaba y las décimas que cantaba,  las décimas que componía nuestro abuelo Miguel y los cuentos que relataba nuestro tío Andrés, nos proveyeron el marco adecuado para apreciar y amar el paisaje del río y el valle, los árboles y las montañas, el sol, la luna y las estrellas, la lluvia, las nubes, el viento, el manantial… 

No, señores, no. No se trata de que el tiempo pasado fue mejor, se trata de que nacer y vivir en el campo sin energía eléctrica, sin radio, sin televisión, sin teléfono, sin I-pad, sin computador, sin video juegos … etc., etc., y sin echarlos de menos, porque no existían; nos hizo observadores y amantes del ambiente natural que nos rodeaba. Y amamos nuestra humilde casita porque era el nido que nos abrigaba.  Y nuestra casita se convirtió en imagen colorida como la casita bella pintada por Germán Cajigas.  Y casi todas las noches sueño  que estoy en Nangó, en mi casita, y mi patio lo veo lleno de árboles con flores, frutos y aves 

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