Nostalgia

Por Amapola Del Valle

Muchas personas recuerdan con nostalgia las vivencias de su infancia. Nostalgia es un sentimiento de pena o tristeza por la lejanía, la ausencia, la privación o la pérdida de alguien o algo queridos.

Nuestros recuerdos de la infancia están matizados por las sensaciones de las primeras etapas de nuestra vida. Generalmente se afirma que recordamos más lo placentero y tendemos a suprimir lo que nos desagradó o nos hizo sufrir y, con frecuencia, sublimamos algunas experiencias.

He conocido personas, sin embargo, que afirman no sentir nostalgia por su pasado y que no reconocen la importancia de rememorarlo. Otros afirman de manera exagerada o hiperbólica “todo pasado fue mejor”. He observado que muchos puertorriqueños que residen en Estados Unidos, cada vez que ven en Facebook una imagen de la vida campesina en Puerto Rico en el siglo pasado, comentan: “Aquellos eran tiempos mejores” o “¡Qué sencilla y feliz era la vida en el campo en aquellos tiempos!”.

Éstos ponen de manifiesto que su situación actual les produce tristeza e insatisfacción. Si investigamos e interrogamos a algunos de ellos, descubrimos que sus condiciones de vida material son mejores que las de antaño. Tienen mejor salud, viven en casas de concreto, tienen servicio de energía eléctrica, agua potable, modernos enseres del hogar, mejores medios de comunicación y de transportacion. Entonces, si en el presente “están mejor”, ¿a qué se debe su nostalgia? ¿Qué es, pues, lo mejor del pasado que añoran?

No echamos de menos lo que no conocemos. Cuando yo era pequeña y mi padre vivía como obrero agregado en una finca de cultvo de caña de azúcar en las décadas del cuarenta y el cincuenta del siglo pasado, no echábamos de menos el acondicionador de aire, el teléfono, la computadora, el celular, el televisor, las lavadoras de ropa y de platos, cosas que para nosotros no existían ni en nuestra imaginacion.

Tanto los que viven hoy en la Isla, como los que vivimos en Estados Unidos, echamos de menos la convivencia con nuestros seres queridos: familiares y amigos con quienes convivimos en nuestra infancia y por quienes sentimos amor y gratitud. Los que estamos en Estados Unidos y nos criamos en el área rural de la Isla, echamos de menos nuestro entorno natural: nuestros valles, colinas, montañas, riachuelos, manantiales, ríos, la sombra fresca debajo de los árboles y el olor a yerba húmeda cuando llueve. Echamos de menos el cantar de las aves: las reinitas, los colibríes, los pájaros carpinteros, los ruiseñores, los turpiales y los múcaros, por ejemplo. Echamos de menos los animales domésticos como gallinas, gallos, pollitos, guineas, conejos, perros y gatos. También añoramos el cantar del coquí y el sonido de la lluvia en los techos de zinc.

Echamos de menos el aroma de las flores de nuestro jardín, los colores de las flores, de las telas de nuestros vestidos, de las cortinas y de las pinturas de nuestras casas. Echamos de menos los olores, colores y sabores de los dulces confeccionados en casa, de las deliciosas frutas: guanábanas, corazones, mameyes, guayabas. chinas, mandarinas, guineos maduros, pomarrosas, parchas, piñas y cerezas. Echamos de menos lo que con tanto entusiasmo y amor cocinaban nuestras madres y abuelas: pasteles de masa de viandas ralladas, pasteles de arroz, bacalaítos fritos, sorullitos de maíz, alcapurrias, almojábanas, empanadillas, arepas dulces, arepas con bacalao, harina de maíz, arroz con leche, tembleque y majarete. Echamos de menos los juegos y las canciones infantiles y las canciones y bailes tradicionales. Echamos de menos las melodías de los instrumentos musicales de nuestra orquesta jíbara: cuatro, guitarra, tiple, bordonúa, guiro y maracas, cuando interpretaban danzas, valses, plenas, mazurcas, etc.

Quizás por mi crianza y ahora por mi edad, asimilo con lentitud las cosas nuevas de la vida, pero admiro profundamente el progreso de la civilización humana. Me gustan y disfruto, deseando que no desaparezcan, todos los objetos que ayudan y enriquecen nuestro diario vivir. Cuando me casé, hace cincuenta (50) años, en la lista de enseres del hogar imprescindibles para mí, escribí en primer lugar “lavadora de ropa”.

Mi nieto se ha convertido en un ferviente estudioso de la Historia. En una ocasión en que hablábamos sobre los inventos me preguntó cuál es mi preferido. Sin titubear le contesté: “De todos los inventos, el más valorado por mí es el inodoro, bello trono limpio y reluciente que desaparece de manera rápida el producto natural humano más desagradable y mal oliente que existe”. Ya antes le había explicado lo que fueron las letrina. Por supuesto, mi contestación le causó mucho asombro y risa.

Si nos preguntamos por la nostalgia y por la salud mental, la felicidad y la calidad de vida de las personas mayores, podremos estar de acuerdo con que es conveniente proveerles un entorno afin a su origen cultural, que complemente e integre las comodidades de su vida moderna con los recuerdos de los seres y objetos de su niñez y juventud.

Ya se tiene alguna evidencia de cómo ayuda el proveer a los pacientes de alzheimer experiencias visuales, olfativas y auditivas que le recuerden momentos agradables del pasado. Considero que actividades como la escritura, el escuchar música, el dibujo, la preparación de colecciones (álbumes) de fotos, canciones, poesías son de gran ayuda. Los familiares deben ocuparse de proveer los materiales (que pueden ser sencillos y económicos) y estimular actividades y tareas que hacían en su niñez y/o juventud.

Tiene mucha razón mi hija Lucero cuando se molesta al escuchar a algunas personas mayores decir que “ el tiempo pasado fue mejor“ o como dice una frase acuñada irónicamente por su padre “era mejor cuando era peor”. Por supuesto, actitudes dogmáticas, autoritarias, machistas, homofóbicas, racistas ,etc., etc. , que permeaban en todos los ámbitos de nuestra convivencia social y acciones afines a ellas, no son dignas de añorar. Las hemos ido combatiendo con mucho esfuerzo y, como han estado tan enraizadas por tanto tiempo, todavía no lo hemos logrado completamente, y seguimos luchando para erradicarlas. La vida de los campesinos obreros del siglo pasado en nuestra Isla era muy dura, llena de dolor y sacrificios. En películas hechas por la División de Educación a la Comunidad* se ponen de manifiesto los problemas que aquejaban a las familias y a las comunidades. Mi niñez y adolescencia en la finca Nangó del Barrio Monte Bello de Manatí estuvieron marcadas por las privaciones de la pobreza, situación que mis hermanos y yo pudimos superar gracias al trabajo y sacrificios de nuestros padres, a la labor de la Escuela pública y de sus excelentes maestros, y a la aportación del Club 4-H, adscrito al Servicio de Extensión Agrícola (UPR).

Mientras escribía esta reflexión pensé en el niño o niña que dejamos de ser y, al contemplar el rompecabezas de mi vida, me invadió la nostalgia.

NOSTALGIA

El niño que fuimos se nos va
sin darnos cuenta.
Y oscilamos dentro de un ser
que no sabe quién es.
Cuando más tarde
con frágil ábaco
de canas y verrugas de edad
sacamos la cuenta,
encontramos piezas sin montar
de un rompecabezas.
El tiempo y el espacio nos guían
para encajar las piezas,
y gotas de lluvia de nostalgia
humedecen la escena.

This entry was posted in Uncategorized. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *


This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.