CASA NUEVA – cuento Por Dra. Marantha Pinocha Del Valle

Introducción por Pinocha Girasol Gepetto, Historiadora

Amapola me ha solicitado que lea y organice las carpetas y hojas sueltas que ella encontró en la casa de su querida hermana Canita, a quien ella y sus hermanos apodaron Dra. Marantha, fallecida en el año 2002.  Algunas de las hojas encontradas coinciden en su contenido con los temas de historia familiar que mi amiga Amapola está publicando en este Blog.  Con la advertencia de que este escrito era un borrador preparado por Canita el cual no tuvo tiempo de editar para posible publicación, nos tomamos la confianza de compartirlo con ustedes. El cuento está tejido con información  verídica de la historia familiar de los Del Valle Gorrión De La Montaña y es una valiosa fuente para conocer parte de la vida de los agregados obreros campesinos de la caña de la Finca Nangó de la Ciudad Atenas en las décadas del 40 y el 50 del siglo XX.

CASA NUEVA – cuento Por Dra. Marantha Pinocha Del Valle

Micaela fue la última en marcharse.  Iba maldiciendo.  Había empezado a maldecir desde temprano, desde que vio el pañuelo y entonces dijo el primer maldita sea.  Me sorprendí porque nunca le había escuchado usar esas palabras.  Yo no tuve tiempo de ocultar el pañuelo.  Estaba en la cocina, como todas las mañanas, buscando mi cacharro de café, parado junto al fogón humeante, esperando.  Tendí la mano para coger el cacharro que ella me ofrecía cuando me vino el golpe de tos.  Saqué el pañuelo y tosí sobre él varias veces, lo retiraba y lo volvía a acercar.  Fue entonces cuando ella soltó la cacerola y el cacharro y abrió los ojos como loca, mirando fijamente el pañuelo.  Empezó a maldecir y después empezó a caminar alrededor del fogón con los puños apretados.  Se detenía para mirar al techo y volvía a mirarme y otra vez miraba al techo y maldecía apretando los puños.  Entonces salió corriendo y le dijo a la hija mayor que cuidara a la chiquita, que ella iba a la casa de su madre.  Al rato regresó con Vicenta, la casa no quedaba tan lejos.  Cuchicheaban quedamente mientras con prisa preparaban botellas de café para llevar a su marido y a los demás trabajadores de la finca que eran sus clientes.  Micaela dejó a su madre al cuidado de la casa, y se marchó cargada con sus botellas calientes carretera abajo.  Entonces Vicenta me ofreció café, pero ya yo había perdido el deseo de tomarlo y me acosté otra vez  en la hamaca, sintiendo un gran cansancio.

Micaela parece que camina con la fuerza del viento.  Me pareció que no había pasado ni un minuto cuando ya regresaba y empezaba a dar instrucciones enérgicas a todo el mundo.  Desde la hamaca presencié el movimiento, y escuché pedazos de palabras que apenas podía combinar para adivinar lo que pasaba.  Estaba adormilado, este cansancio se apoderó de mí hace tiempo, yo quisiera levantarme y acompañar a Eugenio a trabajar, hacer algo para pagar por lo menos el bocado de comida que me dan, pero Dios sabe que no puedo moverme, y esta tos que me ataca hace días tampoco me deja dedicarme a nada por tiempo suficiente.

Vicenta y Micaela empezaron a recoger las cosas.  No se tardaron mucho.  Iban de la cocina a los cuartos, de los cuartos a la sala, echando en unos sacos las escasas pertenencias.  Las sábanas las usaron para envolver las ropas, y después de atarlas con un nudo las iban poniendo fuera de la casa., al pie de la escalera.  Yo veía aquel movimiento y me acordaba de Miguel.  Si estuviera vivo le cantaría una décima a Micaela al verla tan atareada.  Miguel se murió sin perder el humor ni el arte de sus décimas.   Cuando la gente lo venía a ver, tratando de disimular lo que pensaban, que era la última vez, él los recibía improvisando un verso sobre el visitante o sobre su propia condición.  A Miguelito lo engañaba a veces.  Miguelito venía a menudo con una revista de la casa grande.  Con sus siete años de entusiasmo, le mostraba la lámina de un auto reluciente mientras le decía “Mira abuelo, qué carrito tan lindo”, y Miguel, con esa sonrisa burlona, le decía, “Trae, trae, déjame mirarla con los dedos”.  Y mientras pasaba las manos sobre la lámina sus ojos ciegos relucían, parecían relucir mirando a lo largo, mientras decía “Pero qué cosa tan linda, mira qué ruedas, qué color tan bonito”.  Y Miguelito lo miraba con orgullo y asombro, qué misterioso este abuelo capaz de apreciar las cosas lindas con las manos y de traducirlas a veces con una canción.

Pero Miguel se había ido hacía meses y Miguelito, en la escuela, no podía ayudar al traslado de aquellos paquetes.  Así que las mujeres mayores empezaron a cargarlos de dos en dos, como podían, carretera arriba.  Escuché decir “casa” y decir “curva” y recordé la casa vieja que había dejado hacía ya un año la familia que se fue para Hatillo.  Era una casa más pobre que ésta, tenía mucho tiempo de abandono, y quedaba bastante retirada del vecindario.  Pero la distancia se podía recorrer a pie tal vez en media hora.  Eso calculé mientras veía a Jacinta y a Micaela acarrear paquetes en esa dirección y regresar con las manos vacías.  Yo hubiera querido ayudarlas.  Se lo quise decir a Micaela, pero no me dejó terminar mi ofrecimiento.  “Usted se calla”, me dijo secamente, “usted no tiene fuerzas ni para llegar a la letrina”.  Me callé, a Micaela le debo muchos favores.  Ella y Eugenio me recogieron cuando llegué a este barrio.  No tenían por qué hacerlo; yo tenía el mismo apellido que él y sacando parentescos llegamos a ser primos terceros, y por cariño nos llamamos compadres, aunque nunca llegué a bautizarles el hijo, que se murió una noche después de muchas noches en vela, después de muchas carreras al hospital del pueblo.  Micaela no maldijo; ese día, el que maldijo fue Eugenio.  Maldijo al cura que se negó a bautizar al muchacho, a pesar de que Eugenio le explicó que era necesario, que era la única manera de salvarlo del mal de ojo.  La verdad que el muchacho era lindo, blanco, rosada la carita, con los ojos azulitos como los de Miguel.  Fue el único que sacó los ojos como Miguel.  A lo mejor también hubiera sacado las artes de cantar y de decir chistes.  Yo no sé si eso está en el color de los ojos y de la piel, pero la gente blanca y rubia como que tiene más suerte en la vida.  Eugenio maldijo al cura que le pidió un peso para bautizar al muchacho, un peso que Eugenio no tenía y que según el cura cualquier chofer de carro público le hubiera dado en esas condiciones, para que el muchacho no se muriera moro.  Pero Eugenio no quería que el muchacho se muriera cristiano, lo que quería era que se salvara del ojeo.  Tanta mujer que pasaba por la casa: “¡Qué nene tan lindo!”, sin siquiera decirle “Dios lo bendiga”.  Micaela acurrucaba al nene entre sus brazos y le echaba bendiciones, pero parece que las bendiciones de una madre no son suficientes para vencer el mal de ojo.  Alo mejor a mí también me echaron mal de ojo y por eso lo del pañuelo y este cansancio y esta debilidad que no me deja levantarme.  Yo, que era tan brazo fuerte en los cañaverales.

Cuando las cosas en el corte de caña empezaron a ponerse malas, los hombres empezaron a irse para el Norte.  Eugenio y yo los mirábamos ir, y los despedíamos con una borrachera en la tienda de Justo.  Eugenio se reía cuando los otros trataban de convencerlo de irse a coger tomates en las fincas del Norte.  Siempre decía “Aquí nací y aquí me casé y aquí nacieron los hijos míos y no me voy de aquí”.

Micaela se queja de que Eugenio tiene el romero del ombligo enterrado en este sitio, pero Eugenio no parece oir las quejas de ella.  Por las mañanas, desde mi hamaca, los escucho cuchichear en la cocina.  Micaela cuela el café entre protestas, “Tomás el Gato se fue al Norte y desde allá manda dinero para mantener a la familia, tú no quieres progresar ni piensas en tus hijos, si no fuera por mí ni a la escuela irían”.  Eugenio nunca contesta, las palabras de Micaela caen como granizo, pero él parece no oirlas. “Esta casa la conseguí yo, si por ti fuera todavía estaríamos viviendo en la casucha al lado del establo.  Yo tuve que ir a pedirle esta casa al patrón”.  Eugenio se bebe el café en silencio y en silencio coge el machete y la lima y se marcha al corte cuando todavía no ha salido el sol.  Bueno, en silencio no, porque Eugenio siempre anda canturreando una décima.  Voz no tiene, ni tampoco el arte de su padre para improvisarlas, pero cuando va por el camino o cuando trabaja en el corte siempre lleva en los labios una décima.

Micaela se mordía los labios cuando lo veía irse para el corte, y me miraba con el rabo del ojo: “¿Usted no se piensa ir a trabajar?”. Y entonces yo me levantaba y me tomaba el buche de café y me iba detrás de Eugenio, calladito.  Eso era antes de la tos y del cansancio, después de eso me quedo en la hamaca y trato de no moverme ni hacer mucho ruido por la casa para no molestar a Micaela, que se va al pozo a buscar agua y después despierta a Miguelito y le da café para que se vaya a la escuela temprano, pues le queda lejos.  La nena grande todavía no va, Micaela no halla cómo mandarla todavía hasta que la chiquita esté más fuerte, para que le ayude con la carga.  Mujeres como Micaela valen oro, ella sola como que se echa el mundo al hombro, porque Eugenio trabaja, pero si no fuera por ella los chavos se iban en lo de Justo por las noches o en el juego en el monte.

El sol ya estaba alto, eso se veía desde mi hamaca, por la puerta abierta, cuando Micaela y Vicenta terminaron de acarrear los paquetes.  En la sala sólo quedaban los bancos, la mesa con su pata coja, y las dos camitas de hierro y el catre. Jacinta y Micaela las miraban sin decirse nada, pero en eso llegó Jaime Freytes, con un “truck” grande enviado por Eugenio con la autorización de Don Tin, y se paró frente a la casa.  “Eugenio me mandó para que la ayudara”, le dijo a Micaela, que respondió con un seco “Ya era hora”.  Jaime desarmó las camas con ayuda de Micaela y de Vicenta y entre los tres las llevaron hasta el camión.  Jaime me miraba de vez en cuando, pero me hice el dormido.  No me atrevía a levantarme de la hamaca y casi no respiraba por miedo de toser y tener que volver a sacar el pañuelo.  Con el rabo del ojo vi cómo él, cuando sacaban los bancos, tocaba con el codo el brazo de Micaela y señalaba hacia mí con los labios fruncidos.  Pero Micaela chistó quedamente y levantó un brazo con una señal de que me dejara quieto.  Entonces le dijo a Vicenta que se montara en en el “truck” con las nenas, que ella se iba después a pie.  Vicenta no contestó.  Miró a Micaela fijamente, con los ojos secos, y empujó a la nena grande que no decía nada, no había dicho nada en toda la mañana, y  llevaba a la chiquita en los brazos.

Micaela los miró irse carretera arriba, y entró nuevamente en la casa. Caminó hasta la cocina y por un rato estuvo mirando el paisaje desde la puerta trasera.  Después apretó los puños y empezó a maldecir mirando las paredes.  A mí me dio un escalofrío cuando escuché la primera maldición.  Miraba las paredes y las maldecía una por una, caminaba de espaldas y se viraba para un lado y el otro y levantaba el puño.  Entró en el cuarto chiquito del lado de la cocina y maldijo los troncos  que señalaban cada esquina, después entró en el cuarto de los nenes y apretó los labios, no no sé si se atrevió a maldecir aquella parte.  Cuando venía por la sala yo me encogí en la hamaca y la escuché repetir su jaculatoria frente a cada esquina.  Cuando se acercó a la esquina de mi hamaca con el brazo en alto la miré de frente y por un rato nos sostuvimos la mirada.  Entonces vi por primera vez correr una lágrima por su mejilla.  Bajó los brazos a lo largo del cuerpo, se acercó a mí y con voz temblorosa me dijo:  “Perdóneme compadre”.  Quise contestarle, pero cuando abrí la boca un golpe de tos me quitó el habla y tuve que sacar otra vez el pañuelo.  Tosí entre las manchas rojizas y vi a Micaela retroceder con los ojos espantados, y salir casi corriendo hacia la carretera.  Se detuvo de pronto, volvió a la puerta y me miró como queriendo decir algo, pero sólo le salió una palabrota.  Entonces se marchó.

El sol marcaría las cuatro cuando Miguelito asomó la cabeza por la puerta, sudoroso.  Venía corriendo de la escuela, siempre era así, el último tramo de camino lo hacía corriendo, aunque Micaela le pedía que no se sofocara, que le hacía daño. Los ojos de Miguelito se tendieron por la sala desierta, donde sólo quedaba mi hamaca y yo en ella.  Subió los dos escalones y con la boca abierta fue hasta la cocina, miró los cuartos abandonados y después con cara de cadáver se acercó a mí.  Apenas alcancé a murmurar: “Se fueron, se fueron para la casa que era de los Delgado.  Vete ahora mismo para allá”

Entonces el muchacho se sentó en el primer escalón de la casa, donde Don Miguel recibía los vecinos y donde miraba las láminas de carros, tendió la vista alrededor, miró el húcar gigante que daba sombra al otro lado de la carrtera y rompió a llorar.

Quise consolarlo , pero las palabras no me salían.  Saqué el pañuelo del bolsillo para explicarle, pero el muchacho miraba sin comprender la tela ensangrentada.  Al cabo de un rato se levantó, recogió los libros y empezó a caminar lentamente carretera arriba.

———————————————————————————-Nota de la editora:  La siguiente foto de Maurice Hooley #13948 Flickr.com, le recuerda a Amapola la casa de la curva de Tajureo en Nangó a donde se mudaron en 1950 debido a la enfermedad contagiosa que tenía el pariente que vivía agregado en su casa.  Este sería el lado este y tendría un medio balcón en la entrada principal mirando hacia el norte.

La curva cerrada donde estaba localizada la “casa nueva” era conocida también como “La Curva de Tajureo” en recordación del conductor que falleció cuando su auto se volcó al transitar la carretera curva.  Después del año 1962, cuando la familia Del Valle Gorrión De La Montaña se mudó a vivir en casa alquilada en la zona urbana, los familiares de Micaela se sorprendían gratamente cuando regresaban de visita al barrio y  descubrían que los vecinos habían cambiado el nombre de “La curva de Tajureo” por el nombre “La Curva de Micaela”.

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2 Responses to CASA NUEVA – cuento Por Dra. Marantha Pinocha Del Valle

  1. awildanievesreyes says:

    1950 FECHA EN Q NACI, PERO LEERLO TRAE MUCHOS RECUERDO.

  2. Angel Trinidad says:

    Recuerdo ese cuento. No estoy cierto si Milagros me lo dio a leer o me narró algunas de sus partes o ambas cosas. Es un cuento muy intenso.

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