Recuerdos de Navidad en la escuela: La Rosa Niña de Rubén Darío

Por Pinocha Girasol Gepetto, Historiadora

No he encontrado, en la caja de objetos y reliquias de Amapola Pinocha Del Valle, ningún objeto, foto o imagen relacionada con el Día de los Reyes Magos, aparte de la foto que publicamos el pasado día 30 de diciembre de 2011.  Le pregunté a Amapola cuál experiencia de su niñez relacionada con los Reyes estaba mejor grabada en su memoria.  “La Rosa Niña“, me contestó.  En realidad, tengo que admitir que en mis estudios de historia y de otros cursos universitarios, nunca había escuchado hablar de una “niña rosa” o de una “rosa niña” relacionada con la tradición del Día de Reyes en la Isla Del Coquí.  Al preguntarle al respecto me indicó que, en la década del 50 del siglo pasado, en todas las actividades que se llevaban a cabo en su escuela, los estudiantes eran los actores y protagonistas de “las actividades artísticas” que se presentaban en todas las festividades.  Como a ella le gustaban  mucho las poesías, su papel principal era el de declamadora y  algunas de las poesías que  le asignaban eran muy extensas.  Para el año 1957 más o menos se aprendió de memoria el poema La Rosa Niña* del poeta nicaraguense Rubén Darío.  Desde esa época, todos los años, por 57 años hasta hoy, Amapola ha estado recitando silenciosamente este bello poema., durante los días navideños.  “En los períodos en que la depresión  ha afectado mi concentración y mi capacidad de memorizar, “la rosa niña” no ha perdido ni un pétalo en mi memoria”, afirma Amapola con satisfacción.

Hoy deseamos compartir con nuestros amigos la letra de este poema que Amapola ha escrito tomándolo  de su memoria.

Cristal, oro y rosa. Alba en Palestina. 

Salen los tres reyes de adorar al rey, 

flor de infancia llena de una luz divina 

que humaniza y dora la mula y el buey. 

 

Baltasar medita, mirando la estrella 

que guía en la altura. Gaspar sueña en 

la visión sagrada. Melchor ve en aquella 

visión la llegada de un mágico bien. 

 

Las cabalgaduras sacuden los cuellos 

cubiertos de sedas y metales. Frío 

matinal refresca belfos de camellos 

húmedos de gracia, de azul y rocío. 

 

Las meditaciones de la barba sabia 

van acompasando los plumajes flavos, 

los ágiles trotes de potros de Arabia 

y las risas blancas de negros esclavos. 

 

¿De dónde vinieron a la Epifanía? 

¿De Persia? ¿De Egipto? ¿De la India? Es en vano 

cavilar. Vinieron de la luz, del Día, 

del Amor. Inútil pensar, Tertuliano. 

 

El fin anunciaban de un gran cautiverio 

y el advenimiento de un raro tesoro. 

Traían un símbolo de triple misterio, 

portando el incienso, la mirra y el oro. 

 

En las cercanías de Belén se para 

el cortejo. ¿A causa? A causa de que 

una dulce niña de belleza rara 

surge ante los magos, todo ensueño y fe. 

 

¡Oh, reyes!, les dice. Yo soy una niña 

que oyó a los vecinos pastores cantar, 

y desde la próxima florida campiña 

miró vuestro regio cortejo pasar. 

 

Yo sé que ha nacido Jesús Nazareno, 

que el mundo está lleno de gozo por El, 

y que es tan rosado, tan lindo y tan bueno, 

que hace al sol más sol, y a la miel más miel. 

 

Aún no llega el día… ¿Dónde está el establo? 

Prestadme la estrella para ir a Belén. 

No tengáis cuidado que la apague el diablo, 

con mis ojos puros la cuidaré bien. 

 

Los magos quedaron silenciosos. Bella 

de toda belleza, a Belén tornó 

la estrella y la niña, llevada por ella 

al establo, cuna de Jesús, entró. 

 

Pero cuando estuvo junto a aquel infante, 

en cuyas pupilas miró a Dios arder, 

se quedó pasmada, pálido el semblante, 

porque no tenía nada que ofrecer. 

 

La Madre miraba a su niño lucero, 

las dos bestias buenas daban su calor; 

sonreía el santo viejo carpintero, 

y la niña estaba temblando de amor. 

 

Allí había oro en cajas reales, 

perfumes en frascos de hechura oriental, 

incienso en copas de finos metales, 

y quesos, y flores, y miel de panal. 

 

¿Qué dar a ese niño, qué dar sino ella?

¿Qué dar a ese tierno divino Señor? 

Le hubiera ofrecido la mágica estrella, 

la de Baltasar, Gaspar y Melchor… 

 

Mas a los influjos del hada amorosa, 

que supo el secreto de aquel corazón, 

se fue convirtiendo poco a poco en rosa, 

en rosa más bella que las de Sarón. 

 

Se puso rosada, rosada, rosada… 

ante la mirada del niño Jesús. 

Felizmente que era su madrina un hada, 

de Anatole France o el doctor Mardrús. 

 

La metamorfosis fue santa aquel día, 

la sombra lejana de Ovidio aplaudía, 

pues la dulce niña le ofreció al Señor, 

que le agradecía y le sonreía, 

en la melodía de la Epifanía, 

su cuerpo hecho pétalos y su alma hecha flor.

——————————————————————————————   * Versión del poema La Rosa Niña, de Rubén Darío (1867-1916), tal como la recuerda Amapola Pinocha Del Valle

 

This entry was posted in Poesías and tagged , , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *


This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.