Recuerdos de Amapola Pinocha del Valle de sus dias navideños en el campo

Por Pinocha Girasol Gepetto, Historiadora

Al buscar en su memoria la navidad de su infancia, Amapola Pinocha Del Valle se ubica primero en la escuela y luego en su casa de la infancia.  Ella recuerda con mucha alegría los días escolares y las actividades con música y colorido organizadas en la escuela. Las canciones, poesías, bailes y dramas eran interpretados por los mismos estudiantes bajo la dirección de sus maestros. También hacían las decoraciones navideñas y en ocasiones los vestuarios.

Los padres de Amapola, de escasos recursos económicos, celebraban la Navidad de manera sencilla pero alegre.  Disfrutaban las deliciosas comidas y postres que Micaela había aprendido a preparar con mucha maestría cuando trabajó en casas de familia en la zona urbana de la Ciudad Atenas.  Amapola y sus hermanas cantaban los villancicos y otras canciones navideñas que habían aprendido en la escuela.  La comida preferida de todos eran los pasteles de viandas rellenos con carne de cerdo.  Ellos se alegraban mucho con las visitas frecuentes de familiares y amigos que vivían en la ciudad y les visitaban en Navidad trayéndoles golosinas diferentes a las del colmado de la comunidad.

Le pregunté a Amapola cómo celebraban la despedida de año en su comunidad  cuando era pequeña. Ella recuerda que las personas mayores y los jóvenes gustaban de disfrazarse de Año Viejo varios días antes de la despedida del año.   Se ponían ropa vieja y deshilachada: camisas de manga larga y pantalones holgados,  zapatos grandes y sombrero viejos.  Preparaban una careta con papel de estrasa o tela donde dibujaban una cara anciana y triste.  El Año Viejo caminaba a pie o en un  caballo construido de madera, cartón, tela saco y hojas de plantas de guineo secas; los jóvenes disfrazados iban montados en un sencillo caballo de palo.  Los días 30 y 31 de diciembre el año viejo caminaba apresurado perseguido por una persona disfrazada de Año Nuevo con ropa nueva, elegante, bonita, de colores brillantes y careta de persona joven y sonriente. El Año Nuevo llevaba un palo o escoba con el que amenazaba al Año Viejo para que se fuera de la comunidad. Los vecinos disfrutaban al ver a estos personajes pasar por sus casas y les daban monedas como obsequio. A veces los personajes iban acompañados por una trullita que cantaba canciones navideñas acompañados por instrumentos musicales típicos: cuatro, guiro, maracas y palitos.

Como la casa de Amapola quedaba en un lugar aislado, la despedida de año era algo breve y en familia.  El entretenimiento de Amapola y sus hermanos consistía en ver los majestuosos fuegos artificiales de la ciudad Atenas, ubicada a lo lejos, mirando el valle en dirección norte, lo que se observaba con facilidad desde el balcón de la casa en la lomita que servía de cerco al valle.

Amapola recuerda con nostalgia los “asaltos navideños” que familiares y amigos hacían en las casas tarde en la noche o en la madrugada con música típica y canciones alegres que transmitían paz, amor y solidaridad.  Estos asaltos no se anunciaban como se acostumbra actualmente.  Eran bien recibidos por todos y casi siempre terminaban con la preparación de un asopao de gallina calientito y con deliciosos postres preparados en la casa como arroz con dulde, tembleque y majarete acompañados de coquito, bebida tradicional preparada con leche de coco, licores y canela.  El problema de la criminalidad que incluye asaltos verdaderos ha obstaculizado en nuestros días la continuidad de los festivos “asaltos navideños”.

El recuerdo más lejano en el tiempo que Amapola tiene grabado en su memoria es, cuando a los tres años de edad, en 1949, personas disfrazadas de año viejo pasaron muy cerca de su casa y ella asustada corrió llorando a refugiarse en la falda de su mamá.

Amapola recuerda que, en la década del 70, durante una reunión familiar en casa de sus padres, ella y su esposo se disfrazaron de Año Viejo y Año Nuevo respectivamente para compartir con sus hijos y sobrinos esta tradición.

En tiempos pasados, la gente también acostumbraba vestirse de reyes magos que iban de casa en casa a pie o a caballo.  Amapola conserva un retrato de su hijo David Pinocho Matute, a la edad de 11 años (1980), vestido de rey mago tocando el cuatro puertorriqueño y sus amigos vestidos de reyes magos y de año viejo.  Al mostrarme el retrato, Amapola se  lamenta de que hallamos perdido estas tradiciones que proveían diversión sana a bajo costo, fomentaban la creatividad artística y la relación entre los vecinos.

Como Amapola nació y se crió en el campo,  en una casa sin servicio de energía eléctrica, sin televisión y “sin chimenea”,   tardó en conocer al personaje Santa Claus, quien a lo largo de los años, por la influencia norteamericana en la Isla, ha estado ocupando un sitial en la tradición navideña de Puerto Rico, compitiendo favorablemente con la tradición de los Reyes Magos.  Al igual que la mayoría de los puertorriqueños, sus hijos y nietos se han integrado a la tradición en torno al personaje Santa Claus aunque sin  abandonar la tradición de los Reyes Magos.  Sin embargo, Amapola Pinocha y Aquileo Pinocho no han podido ni han querido integrar a Santa Claus en su tradición navideña. Ellos conservan y celebran la tradición de los reyes magos y otras tradiciones navideñas campesinas como las conocieron en su etapa infantil.

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